La fogata de San Juan para festejar el Aniversario del Barrio de Palermo

Desde la Comisión de Cultura y Patrimonio del Consejo Consultivo de la Comuna 14 de Palermo invitan a los vecinos a sumarse a la tradicional Fogata de San Pedro y San Pablo que se realizará el domingo desde las 16 hs en la plaza Inmigrantes de Armenia, situada en Armenia y Nicaragua.

La fogata
Son fiestas y rituales de renovación y purificación cristianas pero con orígenes paganos. En la fecha del 24 de junio se venera a San Juan. Con anterioridad al cristianismo, en el continente europeo se festejaba la llegada del solsticio de verano. Con el correr del tiempo, esta fecha fue puesta bajo la advocación de San Juan Bautista convirtiéndose en la fogata de San Juan.

Los organizadores, entre los que están también la Sociedad de Fomento de Palermo Viejo (SOFOPAVI), Atrevidos por Costumbre y Patrimonio de Palermo, invitan a acercarse y llevar maderas, cartones y papeles para hacer muñecos y ramas para quemar. “Queremos retomar ancestrales tradiciones y quemar objetos que representen malos recuerdos”.

“La Fiesta Popular con utilización del espacio público es una celebración significativa, porque contribuye al enriquecimiento de las relaciones interpersonales, a la construcción colectiva de la cultura urbana y al mejoramiento de la seguridad”, opinan los miembros del Consejo Consultivo.

“Otro objetivo de la celebración, es la reconstrucción de la historia del barrio, lo que aporta a la identidad barrial. En este sentido retomamos la experiencia de la Sociedad de Fomento de Palermo Viejo que llevó a cabo 17 fogatas a partir de la década de 1990”.

Muchos son los rituales propios de la noche de San Pedro y San Pablo, pero todos giran en torno al ensalzamiento del fuego. El gran protagonista es el fuego, cuyo fin es rendir tributo al sol.

Antiguamente se realizaban fogatas reducidas en las que se calentaban papas o batatas, que luego eran ofrecidas a los asistentes para así asegurarles alimento suficiente durante todo el año. También se arrojaban a las llamas ropas viejas, papeles, y cualquier objeto que representara un mal recuerdo, y así se exorcizaban los malos sucesos de los doce meses anteriores.

“Tomando estas tradiciones, estamos invitando a organizaciones de distinto tipo a participar quemando objetos que representan cosas no deseadas”, declaran los vecinos.

La historia de esta fiesta popular habla de creencias de distinto origen incorporadas a la tradición porteña. La fogarata es un rito religioso y conserva ese carácter aun cuando quienes la preparan, la encienden y la disfrutan en esa noche mágica, ignoren lo que en ese día se conmemora y celebra.

Para los cristianos, el 29 de junio es la fiesta de San Pedro y San Pablo, el primer Papa y el gran Apóstol de los Gentiles. Según la tradición, ambos fueron ejecutados alrededor del año 67, por orden de Nerón. Pedro fue crucificado cabeza abajo según su deseo, por considerarse indigno morir como su maestro. Pablo fue conducido a Ostia, y allí fue decapitado.

COSMOS

Principios cósmicos
Las grandes fechas cristianas están vinculadas desde su origen a la religiosidad cósmica primitiva, al culto del campo –el pagus de los paganos. Esta reverencia instintiva hacia los acontecimientos de la naturaleza ha inspirado los rituales de cambio de estación, en los solsticios y en los equinoccios. Así, al comienzo del invierno del hemisferio norte, se hacían desde la antigüedad fuegos nocturnos para intentar devolver su fuerza a un sol que día a día se mostraba más débil.

El mito cristiano asume esta antigua tradición, y en la noche más larga enciende la máxima luz de esperanza para los hombres: El nacimiento de Jesús, la Nochebuena, fecha que antaño era móvil como lo sigue siendo el domingo de Pascua.

Con el retorno de la primavera, en la pascua florida –anterior aún al Pesaj hebreo–, la vida vuelve a renacer, y en el primer domingo de luna llena de cada primavera boreal, los cristianos celebramos la victoria definitiva de Cristo ante la muerte: el domingo de Resurrección.

Los días se van haciendo más largos, se desarrolla la vida de plantas y animales, y en la noche de San Juan –el solsticio de verano– se encienden fogatas de fiesta a la puesta del sol, que permanecen encendidas hasta su nueva salida, para abolir para siempre la oscuridad, símbolo del mal.

En esta noche mágica, como en Nochebuena, se produce la comunicación entre el mundo profano y el mundo sagrado. Desde nuestra duración temporal, una transitoria brecha nos permite comunicarnos con lo trascendente.

Este hecho se manifiesta además en humildes milagros: confraternizan ricos con pobres, se comparte la cena con desconocidos, las niñas sueñan con quien ha de desposarlas y las viejas enseñan los ritos que curan el mal de ojo y el empacho, cuyo poder efectivo sólo entonces puede transmitirse.

PURIFICACION

Los cultos populares son propicios para el sincretismo, y esto permite que se vinculen entre sí ritos opuestos. El sentido purificador atribuido al fuego se mezcla con el rito estival de la fogata de San Juan. El martirio de los santos Pedro y Pablo se confunde con las ordalías en que se quemaban presuntos cómplices del diablo. La muerte por crucifixión y decapitamiento se asocia de este modo con el sacrificio en la hoguera.

Así, en lo alto de la fogarata no suele faltar “el muñeco”, una figura humana hecha al modo de los espantapájaros, que es quemado como expiación colectiva, o para rendir homenaje a mártires inocentes –Giordano Bruno, Santa Juana de Arco–. Hasta suele atribuirse festivamente al muñeco la identidad de algún vecino del barrio, como signo de popularidad más que de agravio.

Y la ceremonia del encendido se vincula con otros rituales aprendidos en las novelas o en el cine: Hordas de muchachitos disfrazados irrumpen por una calle lateral portando antorchas encendidas, rodean la pira celebratoria y la encienden por todos sus costados. Al anochecer, poco después de encenderse, el farol de la esquina ya ha perecido de un certero hondazo.

Después acontece la tertulia familiar. Con el rostro ardiendo por la radiación, y con las espaldas heladas por el frío de la noche invernal, chicos y grandes rodean el fuego, encienden cohetes, bengalas y cañitas voladoras.

Algun vecino, más audaz, arroja temerariamente al fuego chorros de kerosene, multiplicando por unos instantes la magnificencia de las llamas. Los insensatos echan al fuego envases de aerosoles, ignorando que pueden producir un grave accidente y convertir la fiesta en una desgracia.

En otros lugares se aprovecha el rescoldo de un fuego más moderado para introducir entre las cenizas papas y palomas que se comerán hacia el final de la fiesta: “Paloma y papa asada los pibes comerán”, dice el tango “San Pedro y San Pablo” Y al día siguiente, poco a poco el viento irá llevándose las cenizas y avivando las últimas llamas azuladas, entre el azufre y los rollos de alambre de lo que fue goma vulcanizada y talones de neumáticos viejos.

Una nueva fiesta a la vez pagana y religiosa –humana– habrá quedado para siempre en el recuerdo, que volverá, cálido y emocionado, cuando con el paso de los años el adulto y el viejo vean a otros chicos y muchachos continuar esa tradición querida. La sacralidad tan primitiva como auténtica del ritual del fuego habrá intentado una más vez un conjuro mágico que permita alcanzar lo inasible: esa trascendencia que –a veces sin sospecharlo–, anhelamos todos los hombres.