El cuerpo tiene la palabra

Extracto del libro “Mi cuerpo mi maestro”, de Alicia López Blanco, de Editorial Albatros (www.albatros.com.ar)

En mi familia de origen, la enfermedad constituía el eje de las relaciones interpersonales. Los síntomas y las enfermedades eran tema habitual en las conversaciones cotidianas, por lo que mis oídos infantiles se familiarizaron muy tempranamente con padecimientos y dolores de todo tipo y tenor.

Mi padre guardaba dentro de un armario de dimensiones considerables una enorme cantidad de medicamentos que le regalaban sus amigos médicos. Con esmero, los ordenaba por rubro y fecha de vencimiento, automedicándose ante la aparición de cualquier dolencia. Lo que era aún peor, daba indicaciones farmacológicas a todo aquel que le manifestara algún malestar, y le proveía el remedio que consideraba adecuado a quien se mostrara dispuesto a aceptar sus sugerencias. Su cliente más fiel era mi madre, padeciente crónica de enfermedades diversas, pero en muchas oportunidades yo también fui depositaria de sus audaces intervenciones.

Para estar en consonancia con mi entorno, durante mi niñez y adolescencia mi principal recurso de expresión fueron múltiples y floridos síntomas corporales. Mirado a la distancia entiendo que, dadas las características de mi contexto, esa modalidad de respuesta fue casi ineludible.

Mi grupo familiar relacionaba amor con padecimiento, valoraba la enfermedad como medio de comunicación y también como una excusa para no asumir la vida en plenitud, con todo el esfuerzo y la voluntad que esto requiere.

Todos demandábamos amor desde los síntomas pues, contrariamente a lo que sucedía en estado de salud, ante cualquier desequilibrio orgánico las respuestas obtenidas eran gratificantes. Ese recurso nos garantizaba compañía y compasión, lo que evidentemente decodificábamos como cariño.

Ese estilo primario de “poner el cuerpo” dio origen a rasgos de mi personalidad y también a algunas conductas reactivas, como mi pasión por la danza, que me permitió formas más saludables de “decir con el cuerpo” y de liberar emociones guardadas en mi interior; y mi enorme interés por investigar y aprender sobre la salud del organismo y la persona entera.

Este recorrido no impidió que mi cuerpo siguiera hablándome en el lenguaje de los síntomas, lo positivo es que sigo aprendiendo de él día a día, e intento realizar los cambios que me propone en cada una de sus manifestaciones. Esto ha redundado en un mayor bienestar, conocimiento interior, alegría, vínculos satisfactorios y mejor calidad de vida.

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