Acompañando a un hijo con trastorno de la alimentación

José Álvarez es coordinador del grupo de padres voluntarios que trabajan en ALUBA (Asociación de Lucha contra la Bulimia y Anorexia) dando información y contención a las familias de los pacientes que están en tratamiento. Tomó contacto con la institución cuando descubrió que su hija sufría de anorexia. Pasado el tiempo, con una hija ya recuperada y mucha experiencia en el tema, decidió seguir en ALUBA para ayudar a quienes como él, atraviesan esta situación

“Mi historia en ALUBA arranca hace 12 años atrás, cuando nos llaman del colegio de mi hija (que en ese momento tenía 16 años) porque ella había comentado que tenía un problema de anorexia. En ese tiempo, yo no sabía nada de anorexia y bulimia. Muchas veces creemos que sabemos lo que es la enfermedad porque escuchamos algo en la televisión, en la radio, o lo leemos en un diario. En el colegio nos sugieren hacer una consulta en ALUBA. Recuerdo que en la primera entrevista participamos mi hija, mi mujer y yo. Mientras los terapeutas hacían preguntas, yo miraba extrañado a mi señora ante las respuestas que escuchaba de parte de mi hija ¿Cómo que no come? ¿Cómo que no tiene ganas de vivir? Empecé a encontrar un mundo diferente. Cuando salimos de ahí, la que tomó la decisión de comenzar el tratamiento fue mi mujer porque yo había quedado paralizado, no entendía nada.

Así empezamos todos a venir a ALUBA. Los primeros días venía muy enojado conmigo, con la vida, cada vez entendía menos. Poco a poco, empezamos a descubrir cosas que antes no habíamos notado: no comía cuando nos decía que comía, que su comida se la daba al perro por debajo de la mesa para que no nos demos cuenta, o que la desparramaba en el plato para que parezca menos cantidad. Como vos estás en otra cosa, no pensás que puede existir una enfermedad, pero entonces te empieza a caer la ficha. A veces llega la culpa “pero vos tendrías que haber controlado”, “y vos porque trabajas mucho y no la marcaste”. Se revoluciona todo en la casa.

Al principio, nos costaba entender para qué se ponían los límites, no sobreproteger, ayudarla a expresar, tener una comunicación más abierta, más noble, más sincera. Esa comunicación que a veces uno supone que está bien y que se da solo cuando sobra el tiempo. Hoy en día, con los chicos tenés que estar mucho más predispuesto. Empiezo a aprender de anorexia y bulimia participando en las charlas. Esas charlas (que en ese momento las daban otros padres de más experiencia, algunos hoy son mis compañeros) me hicieron aprender que hay que poner un límite.

Uno empieza a aprender, a modificar actitudes. Cuesta mucho porque venís convencidos de que habías hecho las cosas bien. Al principio, dudas de la terapia, del sistema, de la enfermedad. Hay muchos cuestionamientos, enojos contra los terapeutas y con uno mismo por no saber poner límites, o por no expresar una comunicación. El modificar actitudes implica poder escuchar y mediante el error tratar de buscar la solución. Es fundamental ser muy constante, pedir ayuda y dejarse ayudar, eso es fundamental. Esos fueron mis primeros pasos, venir a la charla y aprender (conductas, cómo ayudar, abrir el dialogo). Escucharlo y decirlo es fácil pero ponerlo en práctica, para un padre que está en esta situación, lleva tiempo y aprendizaje (restructuraciones laborales, sociales, etc.) pero no es imposible. Podes aprender cómo funcionan estos trastornos para acompañar a tu hijo. Los hijos necesitan contención, límites, orden, para no tener miedo a enfrentar las cosas y desarrollar un nuevo modo de vida.

Posteriormente, me invitan a hacer un curso de padre coordinador (al principio decía que no porque no me animaba a hablar con otros padres y menos de patologías alimentarias) que lo daban padres que ya tenían experiencia. Del grupo grande que empezó quedamos cuatro. Allí también uno descubre su parte solidaria, algo que tiene guardado bien profundamente y que un día se despierta (también es una forma de agradecer a la institución por toda la ayuda recibida).
La experiencia te pone en contacto con muchas situaciones y esas situaciones son las que te brindan el mayor aprendizaje: padres que dudan, que no vienen, que esconden el problema, que prefieren no afrontarlo, culposos, los que renuncian al tratamiento (porque son los padres los que renuncian, no los pacientes). Por tu experiencia sabes que en estas situaciones podes aportar algo. Poco a poco te vas involucrando, ayudas, y sobre todo pedís tiempo, algo que la mayoría de las personas no entiende.

Este es un tratamiento en el que hay cura, se revierte la situación pero con un trabajo tanto de la institución como familiar. Y ahí está la riqueza porque cuando termina, te llevas un montón de cosas que hacen que vivas feliz. No salimos como familias perfectas porque todos tenemos problemas pero adquirimos más herramientas para ser felices, comunicativos, solidarios y sobre todo, enfrentar la vida.”