En la Playa de San Lorenzo: Un relato de Modesta, 84 años un ejemplo de trabajo y honestidad.

EN LA PLAYA DE SAN LORENZO

La mañana, fría y sin sol, había congregado a mucha gente en la playa de San Lorenzo, ¿qué buscaban? Me acerqué y pregunté. Carbón, respondió un hombre sin levantar la cabeza. Carbón, repitió la mujer que estaba a su lado y, más locuaz, contó que meses atrás frente a la playa había encallado un barco que llevaba carbón y, para liberarlo, habían echado la carga al mar. Poco a poco, la marea lo devolvía.
Frente a mí, el Cantábrico se extendía oscuro y amenazante pero llegaba a la playa manso como un potro vencido por el domador. A lo lejos un barco se alejaba.
Me uní a la búsqueda. Recogí un pequeño trozo de carbón, lo observé, después cerré la mano y… ¡el tiempo retrocedió!
Promediaba el siglo XX. Transcurrían las vacaciones de julio y como todos los años, don José había venido a visitarnos. Asturiano como mis padres, conocía bonitas historias de la Tierruca que mi hermana y yo escuchábamos fascinadas. Trasgus, bruxes, la güestía, xanes y xanines solían ser los protagonistas, pero aquella noche, especialmente fría y ventosa, don José contó su propia historia.
“Todos los hombres de mi familia fueron mineros —dijo— y si mi padre no hubiera muerto en un derrumbe, también yo me hubiera quedado en Mieres. Era apenas un adolescente cuando empecé a trabajar en la mina. Quería llegar a picador. De madrugada ingresaba en la galería y por largas horas cargaba las carretillas. El trabajo era duro, el polvillo se metía en los poros, ennegrecía la piel y se depositaba en los pulmones. Si no perecías en algún derrumbe, la enfermedad te esperaba al final del camino.
“Un día la sirena anunció un accidente. Desalojamos la mina. Frente a la entrada ya había una multitud. En la primera fila estaban mi madre y mis hermanas, el derrumbe había ocurrido en la galería donde trabajaba mi padre. Comenzó la horrible espera. Cada salida de las cuadrillas de rescate renovaba las esperanzas o anunciaba una muerte. Pasaban las horas y continuábamos esperando. A la madrugada, sacaron los cuerpos de los últimos atrapados. Allí estaba mi padre. Entre lágrimas juré que la mina no me mataría.”
“Así fue cómo deserté y me vine a la Argentina. Nunca me arrepentí. Sólo lamento dos cosas: no estuve junto a mi madre cuando murió y no participé de la rebelión del 34.”
Hizo una larga pausa y continuó: “Tenía el pasaje, quería ver a mi madre. No llegué a tiempo. Ese invierno enfermó y murió. En el 34, en tiempos de la República, fueron designados tres ministros no republicanos. Los obreros de varias provincias protestaron y los mineros apoyaron a los sublevados. En octubre, entraron en Oviedo. Fueron días de gesta, derrocharon heroísmo. Es una “pequeña guerra civil”, dijeron Franco y otros jefes de la represión y enviaron tropas a Asturias. Entraron por los cuatro puntos cardinales para someter a sus hermanos. Pero sin las fuerzas que llegaron desde Marruecos —las tropas coloniales marroquíes y la Legión— no lo hubieran logrado. Desembarcaron en Gijón y avanzaron sembrando matanza, estrago, destrucción. La carnicería fue espantosa; la rebelión, ahogada en sangre.”

Abrí la mano y di la espalda al mar. Guardé el trocito de carbón en el bolso. Frente a mí, Gijón. Pujante, moderna, activa. En paz. Superaron las diferencias, pensé. Y como si un rayo cruzara el cielo, surgió una duda: ¿Las superaron…? ¡Son asturianos!

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