El Hipódromo de Palermo, un edificio emblemático de la Ciudad.

El 7 de mayo de 1876 más de 10 mil personas se congregaron para presenciar un espectáculo que, 140 años después, conserva casi la misma esencia: la expectativa de la largada, uno, dos o tres minutos de incertidumbre y luego, la desazón o la gloria. Aquel día quedó inaugurada la primer Tribuna Oficial del Hipódromo de Palermo; era de madera, ladrillos y techos de zinc. Tenía además una pintoresca cúpula metálica que no se conservó, pero que quedó plasmada en algunas fotografías antiguas. Y a diferencia de las costumbres en otros lugares del mundo, como en Inglaterra o Francia, aquí aquella tribuna la compartían por igual todas las clases sociales. Hoy sigue siendo una de sus principales características. Mañana habrá mucho más gente que aquellas 10 mil personas, cuando con la disputa del Gran Premio República, el hipódromo comience a celebrar sus 140 años de vida.

A lo largo de estos 140 años, el hipódromo pasó por momentos muy disímiles. En sus comienzos fue un espectáculo masivo, el que más público congregaba, comparable hoy con un partido de fútbol. Para principios del 1900 las autoridades del hipódromo sucumbieron al encanto de la arquitectura francesa, que estaba transformando la Ciudad, y encargaron una renovación de las tribunas. El francés Louis Faure Dujarric estuvo al frente de la obra: hoy las tribunas son parte del Patrimonio Arquitectónico de la Ciudad. Los pórticos de ingreso, los salones, las arañas, la composición de la fachadas, los pisos de madera y mármol, las majestuosas escaleras; fue pensado y ejecutado como un palacio.

La misma intención tuvo Dujarric en 1912 cuando diseñó la confitería La París, otro edificio histórico en el Hipódromo, más pequeño pero igualmente rico a nivel arquitectónico. Ambos están unidos por un paseo dominado por tipas gigantes que generan un pulmón verde increíble.

Además de las tribunas, los restaurantes y los paseos conocidos que tiene el hipódromo, hay un rincón inaccesible para el público. Es la villa hípica, a donde solo pueden entrar peones, jockeys, cuidadores, veterinarios, los dueños de los stud y claro, los caballos. Está ubicada en la otra punta de las tribunas, en Olleros y las vías del Ferrocarril Mitre; un predio lleno de caballerizas, la representación del campo en plena Ciudad.

Pero a partir de los 60, el lugar estuvo sumido en el abandono. Los edificios se deterioraban y la actividad hípica se extinguía. En 1992 la administración fue entregada en concesión –con contratos hasta 2027 y la posibilidad de extenderse por otros cinco años– y en 2002 comenzaron a funcionar las tragamonedas, gestionadas por Cristóbal López.

En 2004, el empresario K tenía 2.934 máquinas y hoy suma 4.500, el máximo permitido. En 2007 había conseguido que Néstor Kirchner le extendiera la explotación del millonario negocio en el Hipódromo de Palermo hasta 2032.

En el ambiente del turf reconocen que sin las tragamonedas no se hubiera logrado revitalizarlo. “Actualmente más de 500.000 familias están vinculadas con la actividad. Se genera un círculo virtuoso cuando ingresa dinero para pagar mejores premios, porque mejoran las carreras, la calidad de los caballos, la cantidad de nacimientos, etc. Y también incide la apertura del hipódromo a otras actividades”, refuerza Fernando Facal, gerente de Hapsa.

En los últimos años el hipódromo se convirtió en sede de recitales, ferias gastronómicas, desfiles y ferias de arte. Aunque los habitué del lugar, e incluso las personas que trabajan a diario con los caballos, se mostraron reticentes a estos cambios, estos eventos llegaron para quedarse. No solo porque convocan gente, sino porque renuevan el público y permiten utilizar espacios ociosos. Pero además porque la modernización, la apertura y los cambios parecerían que no le quitan fuerza a una tradición en la Ciudad que cumple 140 años.

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