Dibujar desde siempre

La artista plástica Carolina Farías que trabaja en libros de Editorial Albatros, cuenta cómo es el proceso creativo de la ilustración, un mix de trabajo duro e imaginación, que le agrega magia a los libros infantiles.

Un simple lápiz esconde un universo completo si cae en manos de Carolina Farías. Esa magia está con ella desde siempre. “Toda la vida dibujé”, dice la ilustradora que nació en Bahía Blanca y comenzó ese juego en los institutos de dibujo de su barrio, en el sur de la provincia de Buenos Aires.

A finales de los ´80 se mudó a La Plata para estudiar en la Facultad de Bellas Artes, donde se recibió de Profesora y Licenciada en la carrera de Dibujo. Entonces era una carrera nueva, con apenas una docena de alumnos y se convirtió en la primera egresada de la Especialidad Dibujo. Hoy es aún docente de la materia Dibujo de la Carrera de Diseño en Comunicación Visual de la Facultad de Bellas Artes de la UNLP, la misma facultad que le dio forma académica a su pasión.

Carolina Farías trabajó en dibujos por licencia para Warner y Disney, a través del estudio Duendes del Sur. Allí se especializó en layout color y tomó contacto por primera vez con la ilustración infantil. “Mi público más cercano son mi familia y amigos. Muchas veces mis alumnos. El contacto con los chicos se da durante la feria del libro o algunas veces a través de la página web. Siempre estoy súper agradecida de recibir la mirada de los chicos; ellos se sorprenden porque mis dibujos son absolutamente ridículos, algo que nada tiene que ver con mi aspecto”, se divierte.

Con el paso de los años fue publicando diversos libros en distintas editoriales, a veces como autora e ilustradora. “Si bien es un trabajo, es muy placentero. A veces no es fácil articular con los autores de los libros, que piensan desde lo escrito, mientras que lo mío surge a partir de la imagen. Lo maravilloso es cuando te dejan trabajar y confían en lo que hacés”, dice.

El proceso de creación de los personajes es arduo y plagado de tensión. Farías confiesa que empieza a disfrutar el paquete completo del libro un año después de haber sido publicado. “Los trabajos los hago de a uno, cada uno es un conflicto distinto, empiezo con un personaje e intento pensar con su mentalidad, ponerme en su lugar, aunque suene absurdo. Mi público es infantil, pero hago cada trabajo con mucha seriedad”, apunta

En sus recuerdos de infancia emerge, nítido, su abuelo comprándole El libro gordo de Petete, que se vendía en fascículos que luego se encuadernaban. “Yo miraba las ilustraciones, que tenían un alto grado de detalle y me encantaban. Todavía los tengo en la habitación de mis hijos”, rememora. También destaca su devoción por Mafalda y los dibujos animados.

Los libros son una parte importante –y voluminosa- de la vida de Carolina. De hecho, afirma que ya casi nadie intenta regalarle un libro, seguro de que ya descansa en su biblioteca. Los compra todo el tiempo, sobre todo en los viajes que de vez en vez le regalan un hallazgo. Como el libro Home de Carson Ellis, que supo dar en sus clases de la facultad y que, azar mediante, encontró en una feria de comidas en Amsterdam. “Me he traído valijas de libros de afuera, libros de troquel, libros plegables … me encantan”.

Y si tiene que recomendar un libro, se inclina por un autor: Oliver Jeffers. “Un libro de él seguramente va a estar bueno”, aconseja. O, mejor, dos autores, se apura, y menciona también al ilustrador inglés Anthony Browne.

¿Y un libro ilustrado por ella misma? “Pienso en la princesa Sukimuki protagonista de Historia de una Princesa, su papá y el Príncipe Kinoto Fukasuka, de María Elena Walsh. También me gustan mucho los Ambrosis, un trabajo super delicado, con buen papel y buen diseño”, sostiene mientras confiesa que, como todos los ilustradores, no logra para de dibujar. Lápiz y acuarelas en mano, para deleite de niños y grandes.

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