Buenos modales

Hay otro mundo, complejo, contradictorio, lo hay. Hay gente que dice que todo se ha convertido en crisis, otros – más optimistas – dicen que la peste nos toca en cada institución, en cada parque, en cada lecho de hotel, en un bar. El mundo está en movimiento, siempre, con sus juegos de fuerza, sus estructuras viciadas, sus sistemas huecos y guerras económicas, como siempre. Hay otras miradas: estéticas, simbólicas, históricas, ideológicas. Discusiones profundas y crisis estructural. Miseria, hambre, injusticia social, egoísmo, realidades de poder y de codicia. Banalidad, confusión, privilegios. Aquí la demencia y el desatino.
Son sinvergüenzas, desvergonzados, descarados. Tenemos otros términos: caraduras, canallas, ruines. Sucede que también son arribistas, aprovechados, oportunistas. O ladrones, saqueadores, timadores. Suelen ser populacheros, populistas, demagogos. Y además tienen versiones. Son indecorosos, cínicos, ubicuos, lábiles. Suelen ser incondicionales hasta que dejan de serlo. Se buscan, se repelen, se abrazan y se insultan. Dicen cháchara, dicen cipayo, dicen mercado. Se idealizan a sí mismos, discuten la fatalidad, el psicoanálisis, la lealtad, las escaleras, los palcos y las intendencias. Dicen coima y bailan el malambo. Dicen pueblo y cantan una cumbia villera. Cuando son delicados acentúan las consonantes. Se disfrazan de cultos y plagian a Augusto; escriben acta est fabula. (Del otro lado el vacío, otra suerte de imbecilidad, otra erosión más del delirio a duo). Según la ocasión son opositores u oficialistas. Sin leerlo son parte de una obra de Ionesco. Siempre volubles, siempre enfrentados, siempre en la otra vereda. O en la misma. Están aquí y están allá. Son fascistas de derecha, a veces. Son fascistas de izquierda, casi siempre. También son híbridos, provisionales, tumultuosos, de barrio, triunfadores. Huelen el poder, la comparsa, los bombos. A veces son light, otras intentan ser elegantes: se mudan de barrio. Defienden caudillos, lo programático, los pactos. Luego mienten y no cumplen con nada. Cantan marchas, levantan banderas, dicen birra, dicen general, dicen revolución, dicen tercera posición dicen merengue. Inexorablemente odian a los ingleses. Inexorablemente hablan de patria, de escudos, de mutaciones. Lumpenes y sin formación. Resentidos, huecos, groseros. Tienen un repertorio complejo, con voces aliadas y voces cómplices. Son belicosos, antiimperialistas, furibundos herederos de la barbarie. Y luego son todo lo contrario: precisan sobrevivir. Entonces el desguace de los bienes nacionales. Y otra vez el sistema, los sindicalistas conversos, los empresarios conversos, la legión de excluidos. Deformados y con caries. Anuncian planes quinquenales, planes por décadas, proyectos al infinito. Son aliados y enemigos de monólogos, de fachadas, de consignas. Oscilan entre la perplejidad y el desaliento, entre la corruptela y la frivolidad generalizada. Entre los negociados y la sonrisa visceral. Son espasmódicos, obsecuentes, mediocres, triunfalistas. Reniegan prolijamente de lo ético, de la historia, de la razón. Viven en una circularidad repetitiva. Abundan en coreografías, en figuras retóricas, en beneméritos compatriotas. Corroboran pactos zurcidos entre gallos y medianoche, alzan los hombros y miran de soslayo. Y mezclan todo, absolutamente todo. De allí el guiso criollo, la caldeirada de la cual hablaba mi madre. Se sostienen por emblemas y traiciones, por herencias, epitafios, falsificaciones, monaguillos y miserias. Tienen destrezas circenses, olvidos institucionales, carcajadas gastronómicas. Se van haciendo cada vez más ricos gracias a los pobres. Hacen pobres para detentar el poder y hacerse ricos. Mastican entre codazos cómplices, tienen el guiño del jugador de truco, el lenguaje profiláctico del parlamento, el fervor del barrabrava. Olímpicos ganan siete a cero, treinta a cero. A veces son tribales, a veces quieren ser caballeros normandos. Ellas son rubias teñidas, coloreadas. Son del conurbano, miran todo desde un supermercado chino, desde un shopping. Aplauden, siempre aplauden. Siempre aplaudieron. Y se olvidan. Entonces vuelven a ser obstinados. Y la gente se olvida, y siga siga siga el baile y dalé que te dalé y dalé que te dió. Y todo es senil. Y del otro lado no hay lado. El vacío de lo mitológico, desplazamiento que pierde credibilidad, folclore autóctono, chovinismo liberal. Son anacrónicos. En todo son anacrónicos. Variantes de escaramuzas, variantes de montoneras con levitas, variantes de estatuas y crucifijos. Ya no hay terciopelo y el pavo real se pasea con varas sin plumas. Y la escena esta cerca de los dioses. Francamente deleznable. ¿Ineludible?
El poeta camina las calles de la ciudad en silencio. El poeta tiene otra mirada, otra soledad. El repertorio de personajes y gestos lo agotan. Como la imbecilidad o la esperanza de una paradoja sin fin. Y aquí estamos, releyendo una vez más a Shakespeare.

Carlos Penelas / Buenos Aires, marzo de 2015

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