170 años del fallecimiento del General San Martín.


17 DE AGOSTO DE 2020

En 2020 se conmemoran 170 años del fallecimiento del General José de San Martín, compartimos tres artículos que recorrer su historia, les proponemos descubrir aspectos desconocidos del padre de la patria.La familia regresa a la patria, y la patria es España, no es la suya sino la de sus padres. La fértil Yapeyú de las Misiones, ciudad próspera, le entrega sus bellezas que él recoge a manos llenas. Su hermano Justo, también criollo -y que lo visitará en su exilio-, será el compañero de sus juegos en esa tierra roja e inolvidable del litoral, trabajada por el esfuerzo de tantos hombres y mujeres. Sí, inolvidable porque la familia regresará a la península, empezará una nueva vida, en otra casa, con otra gente, y le dará educación. Niño, casi, José Francisco ha sido destinado a la milicia pero, tal vez, su vida podría haber sido otra, la de un hombre de letrado un músico, quizá, un comerciante o un marino.

¡Navegar! Se sabe que tuvo una fuerte vocación por el mar, y que soñó con ser marino, embarcar a los cuatro vientos y descubrir tierras inhóspitas donde correr aventuras. No pudiendo realizar esos sueños le quedó, en compensación, un gusto por la pintura de marinas y la iluminación de tarjetas. Lo sublime de esas playas remotas-playas de colores y papel- le fue restituido en la inmensidad de su paso por  los Andes.
 
San Martín era un romántico, pero su talante era contenido, sobrio, dueño celoso de sus palabras y custodio de las ajenas. Sabemos que en la quinta de su amigo Juan Martín de Pueyrredón-cazador de aves-, pintaba a la acuarela frente al río, y hasta ilustraba abanicos. Su carrera lo llevó por otros caminos, sin duda, aunque se quejaba, en una de sus cartas, del tiempo en que he tenido la desgracia de ser hombre público. ¡Y vaya si lo fue! Lo fue hasta que las circunstancias lo empujaron a cruzar otra vez el mar y buscar refugio en Bruselas, intentar, luego, un frustrado regreso sin desembarco y volver a Europa, para afincarse definitivamente en Francia.

No dejó, por eso, de soñar con volver, siempre volver. Lo imaginaba en su chacra de Mendoza y las tenues colinas de las Misiones donde recuperar aquella vieja higuera cuyo retoño hoy adorna su casa natal. ¿Qué habrá sentido el niño o el joven San Martín en la bélica Europa cuando evocaba su tierra? Esos cinco primeros años también decidieron su regreso y su causa.

Le costaba escribir; protestaba, a pesar de su extenso epistolario, protestaba, porquesabía del poder de las palabras, temía sus equívocos y traiciones, aunque las necesitara tanto como al silencio. Poseía una voz sonante que podía imponerse con facilidad, pero San Martín era amable y cercano en el trato. Su escritura, en consecuencia, era sobria, no adjetivaba, iba derecho a las cosas y decía lo justo.

Me llamó la atención su metal de voz, notablemente gruesa y varonil, cuenta Alberdi que lo conoció en Grand Bourg, esa voz que supo entonar el Himno en alguna velada y emocionar a los presentes porque amaba la música. Tocaba la guitarra; había estudiado el instrumento en España con el maestro Macario Fors, y la pulsaba para deleite de sus más íntimos. Igual que en el retiro de su casa de campo cuando la nostalgia le traía los cielitos de la tierra, el cuándo y el pericón.

De la sensibilidad por la música dio cuenta, también, su gusto por la danza. En lo de Escalada, a meses de su arribo, exhibió esas galas de caballero al seducir a la hija de la familia. Algo le habrá pasado a María de los Remedios para abandonar a su novio que gozaba de la aprobación de Tomasa, su madre que, por el contrario, nunca terminó de aceptar a ese soldadote venido de España. Se casaron pocos meses después, y a la semana consagraron el matrimonio en la iglesia catedral con misa y comunión, según la costumbre. Esa es otra historia; pero, siguiendo con la música, cuando ya no podía bailar por sus años y su vida en Francia, frecuentaba las salas de concierto para oír a las orquestas de la época. El ballet, la ópera, el suntuoso vals, todo eso inspiraba y consolaba al hombre –o al niño- que ansiaba volver.

Su vida en el exilio, en la noble casa de Grand Bourg, con su jardín y sus comodidades, le permitió vivir con cierta holgura después de recibir el pago de algunas deudas que le posibilitaron adquirir no sólo esa propiedad sino otra en París. La habitó hasta que los conflictos de 1848 lo decidieron a mudarse a su último y frío refugio. A su modo, fue feliz en su casa de campo porque, como todo romántico, sentía y amaba la naturaleza.
Según el testimonio de algunos biógrafos, San Martín se levantaba temprano y bebía té o café en bombilla de caña, a la manera del mate, después, picaba el tabaco con el que armaba su cigarro o cargaba una de sus muchas pipas. Horas limpiando y ordenando esos utensilios, y horas en la carpintería junto a su perro fiel. A media mañana solía montar a caballo y dar un paseo por los alrededores sino se dedicaba a una de sus tareas favoritas -siguiendo el célebre consejo de Voltaire-, el cuidado del jardín. Así lo cuenta a su entrañable amigo Tomás Guido en una de sus muchas cartas:

Ocupo mis mañanas en la cultura de un pequeño jardín y en mi pequeño taller de carpintería; por la tarde salgo a paseo, y en las noches, en la lectura de algunos libros y papeles públicos; he aquí mi vida. Usted dirá que soy feliz; sí, mi amigo, verdaderamente lo soy. A pesar de esto ¿creerá usted si le aseguro que mi alma encuentra un vacío que existe en la misma felicidad? Y, ¿sabe usted cuál es? El no estar en Mendoza. Prefiero la vida que hacía en mi chacra a todas las ventajas que presenta la culta Europa.
 
Y sabemos, por otras cartas, que su sueño no era sólo Mendoza sino también, las suaves ondulaciones de su tierra misionera con sus ríos que la refrescan y abrazan. Ese dolor lo acompañó hasta el final de su vida. Sarmiento, al visitarlo, lo percibió escribiendo en sus notas de viaje:
Hay en el corazón de este hombre una llaga profunda que oculta a las miradas extrañas.
 
Un hombre modesto que rehusaba entrar triunfante en las ciudades para no ser aclamado, que donaba premios, que fundaba bibliotecas y propiciaba cambios en la educación porque en ella cifraba la esperanza de ver libre a los pueblos. Alberdi, nos confirma esa modestia:
Yo creía que su aspecto y porte debían tener algo de grave y solemne, pero lo hallé vivo y fácil en sus ademanes, y su marcha desnuda de todo viso de afectación.
 
Y este hombre ya cansado de esperar el regreso, contando los días de su larga vida, decide pasar sus últimos años en el norte de Francia para sortear las conmociones sociales y políticas que vivía París en 1848. Viaja a Boulogne-sur-Mer y se instala en un departamento sencillo que alquila; los achaques lo acompañan: el asma, sus viejas úlceras y el reuma, pero lo peor era su creciente ceguera que le arrebató, al final, su gran placer que era la lectura. Se volvió para adentro, hojeando el gran álbum de su vida: empresas, luchas, amores, sueños…
Orgulloso de su hija y su familia, agradecido por las dos nietas que lo amaban, la vida se le fue apagando lentamente. Aquel 17 de agosto, le pidió a su hija Mercedes que le leyera los diarios; luego, almorzó, sintió fuertes dolores en el estómago y lo recostaron: alrededor de las tres de la tarde, falleció.

Y no pudiendo el niño volver a su tierra,fue su deseo de hombre que llevaran ese corazón a la Patria, donde estuvo siempre.
 
Remedios 
Por Lic. Juan Fiorillo

Una de las más importantes tertulias de aquella pequeña aldea -la de la familia Escalada-, con su suntuoso salón de muros tapizados en damasco, espejos venecianos, alfombras, pinturas altoperuanas y amplias ventanas a la calle, constituye el marco ideal para que la niña de la casa alterne con lo más selecto de la sociedad porteña de su tiempo. 
El escocés John Parish Robertson recuerda esas tertulias donde la conversación, la música, el baile, la espiritualidad y el buen humor sazonaban siempre la velada. Y la niña, haciendo gala de sus atuendos – uno de las cuales forma parte dela colección del museo-se deleitaba en esas reuniones sin descuidar, por eso, la esmerada educación que le prodigaban sus padres, que incluía, entre otras cosas, tocar el piano, cantar con donaire y dominar idiomas.

Reconocida por su infaltable asistencia a misa en compañía de su madre -Tomasa de la Quintana, esposa del dueño de casa y comerciante de fortuna, Antonio José de Escalada-, la niña a la que nos referimos no es otra que María de los Remedios, nacida en Buenos Aires, el 20 de noviembre de 1797.

Su primera vivienda fueron los célebres Altos de Escalada frente a la Plaza Mayor, pero aquí aludimos a la otra casa de la familia ubicada en las actuales San Martín y Perón, la misma en la que la niña -de apenas catorce años-, conoció a quien sería su esposo, aunque antes fuera escenario de otro idilio. Se llamaba Gervasio Dorna, joven que gozaba del beneplácito familiar pero que, desplazado por el nuevo contertulio, abandonó la ciudad para alistarse en el Ejército del Norte y perder la vida en la batalla de Vilcapugio en 1813. 

San Martín, por su parte, sin dinero ni relaciones fue presentado en sociedad por su compañero de viaje Carlos María de Alvear. Remedios quedó prendada del recién llegado y poseedor de una destacada foja de servicios como hombre de milicia en la península. San Martín consigue, no sólo la simpatía de Remedios, sino la de un sector de la sociedad que lo acoge con solicitud-salvo Tomasa, la madre, para quien nunca dejó de ser un soldadote-. Sus hijos, incluso, formarán parte del Regimiento de Granaderos, participando en el combate de San Lorenzo bajo las órdenes de quien ya era su cuñado. Efectivamente, en la primavera de ese mismo año de 1812, el 12 de noviembre, Remedios y José Franciscocontraerán matrimonio, consagrando su vínculo, como era de rutina, en la iglesia catedral, con misa y comunión.

Después de la victoria de San Lorenzo, San Martín regresa a Buenos Aires como un héroe; confirma la simpatía general y goza de indiscutido prestigio, también, por haber participado con éxito en el levantamiento que derrocara al Primer Triunvirato. Algunos aseguran que eso motivó cierto fastidio y el comienzo de algunas enemistades que no cesarán ni siquiera con su exilio. Acaso para quitarlo de escena, se le encomienda la misión del Ejército del Norte, al mando, hasta ese momento, de Manuel Belgrano. Se encontrarán en la famosa Posta de Yatasto (o en sus cercanías), organizará las filas de un ejército decaído después de dos importantes derrotas y tomará una licencia en Córdoba por razones de salud. 

En 1814, el flamante Director Gervasio Antonio de Posadas lo nombra gobernador de la provincia de Cuyo y la joven Remedios, naturalmente, lo seguirá siendo su nuevo destino. Se instalan, y la casa será el centro de reunión de amigos y una sociedad que los recibe con los brazos abiertos. Fueron los años felices de la pareja, con sus paseos por la alameda, el cariño del pueblo yel tiempo de los abnegados aprestos para la gran aventura de cruzarla cordillera. Toda una comunidad movilizada en pro del mismo ideal, puesto de manifiesto a través de las generosas y múltiples contribuciones en dinero, joyas y todo lo necesario para sulogro. 

La vida de Remedios cambió hasta en el modo de vestirse y asumir tareas y labores junto a otras mujeres de la ciudad; cambió, también, por la maternidad.Nació la hijael 24 de agosto de 1816; será la única, y la llamarán Mercedes. Felicidad de la pareja, orgullo del padre, pero el parto se cobrará parte de su ya delicada salud; poco después, además, no contará con la presencia del esposo. San Martín regresará esporádicamente, comprobando, con creciente angustia, la situación. En 1819, el estado de Remedios es crítico, la tisis se agrava, y se decide su ya impostergable regreso a Buenos Aires. Tal es así, que entre los objetos que transportan los viajeros se cuenta, con reserva, un ataúd. Uno de sus hermanos, Mariano, y una sobrina forman parte de la numerosa comitiva. 

Remedios vivirá con su hija en la casa familiar hasta que, por recomendación médica, se alojará en una quinta en las afueras de la ciudad. La muerte del padre en 1821 y los acontecimientos poco afortunados de su esposo en torno ala misteriosa entrevista con Bolívar en Guayaquil, debilitan aún más su salud. Ella espera al esposo que no llega, y se resigna a su suerte porque sabe que dejará a una hija, que ya no hay esperanzas. 

En junio de 1823, Manuel Blanco Encalada, escribe: 
«Estuve en casa de Remedios, a quien no pude ver, ni he visto en seis y siete veces que he estado por saber de su salud, sintiendo de corazón no podrá esperar usted nada favorable.»
 
San Martín está al tanto, y le comunica a Nicolás Rodríguez Peña que Remedios está al morir y que eso lo pone de muy mal humor, expresión que en la época significaba de un ánimo agitado, sin paz. A su entrañable amigo Tomás Guido, aún en el Perú, le comunica que,
«Remedios quedaba sin esperanza de vida; si esto se verifica me llevaré a mi Chiquita para ponerla en un colegio.»
 
Remedios sólo espera ver a su esposo que, ya en Mendoza, hostigado por sus adversarios, se retiene, según da a entender una carta que, cinco años después, le enviará al mismo Guido, diciendo: 
«¿Ignora usted por ventura que en el año 23, cuando por ceder a las instancias de mi mujer resolví en mayo, venir a darle el último adiós, se apostaron en el camino para aprehenderme como a un facineroso?»

Y le aclara que no es miedo sino la convicción de eludir un ultraje en su vida pública. 
No viajó, y cuando lo hizo, hacía meses que Remedios había muerto. Se encontró con su hija al cuidado de la abuela. Nunca le perdonó Tomasa, su suegra, esa dilación, esa especie de abandono. Él, por su parte, viendo lo consentida que estaba su hija decide-y nunca se arrepentirá- llevarla con él al exilio.
La sobrina de Remedios dejó constancia de la muerte de su tía, al decir: 
«Murió como una santa pensando en San Martín, que no tardó en llegar algunos meses después, con amargura en el corazón y un desencanto y melancolía que no le abandonaron jamás.» 
María de los Remedios Escalada de San Martín murió el 3 de agosto de 1823, poco antes de cumplir los veintiséis años de edad.
En su breve estadía, su esposo encargó un pequeño nicho de mármol en el cementerio de la Recoleta donde hizo grabar la siguiente inscripción: 
Aquí yace Remedios de Escalada, 
esposa y amiga 
del General San Martín.
Vestido de Remedios de Escalada de San Martín. Siglo XIX. Muselina blanca, lentejuelas metálicas e hilos de seda policromados. Donación Hebe Pirovano de Girondo. Perteneció a la familia Balcarce y fue de Remedios de Escalada de San Martín.San Martín, lector
por Lic. Juan Fiorillo

San Martín viaja con su librería a cuestas de España a Buenos Aires, Mendoza, Santiago de Chile y Lima, claro indicio de la importancia que le confería a los libros en su vida. Este rasgo de su carácter, aunque destacado por muchos historiadores, no se ha subrayado suficientemente en la escolaridad, como si su memoria se ligara sólo a sus gestas militares y no a ese otro perfil de hombre de letras que también fue. El mismo caso de Belgrano, jurista, político, economista, que sólo las urgencias llevaron al combate, olvidando, por ejemplo, su inestimable y muy actual aporte crítico enlas Memoriasdel Consulado. Esta arqueología aplicada a las biografía de estos hombres les haría justicia en la conciencia de muchos para quienes son próceres exaltados en el bronce, la nómina de calles o instituciones, y que sólo –sin desmerecer estas acciones, claro-crearon emblemas, cruzaron cordilleras y ganaron batallas.

Trece cajones de libros transportaba San Martín en cada uno de sus viajes, una gran cantidad de ellos en francés, por sus estudios y afición a los pensadores del siglo XVIII. Sus convicciones nacieron en la cercanía de estos autores que inspiraron sus ideas y alentaron sus actos. Nunca dudó de este ideario, de la fuerza renovadora de las luces, según la expresión que, por omisión, apunta a las sombras de la barbarie y el fanatismo. San Martín, no obstante, no abrazó esas luces de un modo ciego ya que muchas de sus frases y conductas revelan, también, profundas convicciones religiosas.

En Perú, en 1821, funda la Biblioteca Nacional de Lima donando su “librería” y escribiendo en el Decreto de su constitución que una biblioteca esuno de los medios más eficaces para poner en circulación los valores intelectuales. Como gobernador de Cuyo ya había fundado bibliotecas con igual propósito sabiendo que la emancipación de los pueblos debía ser sostenida y nutrida por la vocación de los educadores, los artistas y los hombres de ciencia.
La biblioteca destinada a la educación universal es más poderosa que nuestros ejércitos , sentenció, reconociendo con esta frase el valor de la educación, pero más allá de estas ideas, él mismo era un apasionado lector, un hombre que soñó su retiro como un refugio de letras y lo consiguió, al fin, en su casa de las afueras de París, en Grand Bourg. Lo imaginaba en Mendoza, es verdad, donde siempre quiso volver, como asienta en una de sus cartas:Existen en Mendoza, entre otras preciosidades de este jaez, las destinadas a la lectura de las largas noches de invierno que me esperan en mi vejez. Pero, finalmente, la vida lo obsequió con esas largas noches de lectura y otros gustos que enriquecieron sus años de soledad.

En sus horas de silencio, sentado, acaso, en el sillón que integra la colección del museo, leía a los clásicos ya los autores ilustrados: Voltaire, Rousseau, Diderot, Montesquieu, autores que no sólo inspiraron grandes acontecimientos sino que nutrieron las ideas románticas y positivas del siglo XIX. Heredero de la tradición clásica – especialmente de los estoicos-, escribe al modo del Manualde Epicteto las Máximas a su hija Remedios y, por supuesto, bajo la inspiración de Inmanuel Kant cuya ética formal se expresa en el modo de la máxima. Preferencias de sus horas de estudio y admiración, como la que despertaba en él la obra de Plutarco, Moralia , de quien tenía una edición impresa en Alcalá de Henares, fechada en 1552, considerado la edición más antigua de su segunda biblioteca, la de su exilio.

San Martín, además, era cervantino; sintió una profunda admiración por el autor del Quijote y utiliza algunas de sus imágenes en sus cartas: la de los molinos o la de la ínsula, que así llamaba a su “ínsula cuyana”, clara referencia a la Barataria de Sancho, el célebre escudero , y su voluntad de buen gobierno.

La colección de libros de su retiro conforman esa segunda librería -la de Boulogne-sur-Mer- que en 1856, su yerno, Mariano Severo Balcarce, donará a la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, libros autografiados y con marcas de lápiz en los márgenes , según deja constancia en el trámite de la donación (1). También lo testimonia su hija Mercedes Mi buen padre me ha obsequiado este libro donde encontraréis algunas líneas escritas de su mano.
San Martín no fue, en Europa, una figura anónima, y ​​muchos lo admiraban por su talento militar, su carácter y formación. Se cuenta que uno de sus amigos, Alejandro Aguado –que tanto lo ayudó y admiró- hombre de fortuna, le presentó algunas personalidades de la época: Victor Hugo, Balzac, Rosinni, entre otros, y que al agradecer ese gesto, le dijo que no se confundiera, que eran ellos los interesados ​​en conocerlo. San Martín era un hombre humilde y reservado, nunca se atavió con sus éxitos militares o su honesta administración como hombre político, no hablaba de sí mismo y escuchar sabía. Alberdi y Sarmiento pudo atestiguar esas virtudes en sus respectivas visitas al ya anciano compatriota.

Cuando se muda a Boulogne-sur-Mer en los últimos dos años de su vida pública alquila un departamento en los altos de una casa donde había una biblioteca. A pesar de sus cataratas y su deficiente visión que, finalmente, lo privarán de la lectura, lo entusiasmaba la cercanía de los libros. El bibliotecario, Albert Gérard, ya fallecido San Martín, y como otro testimonio de su pasión lectora, comentó que Il avait lu tout ce qu’on peut lire recordando sus visitas y destacando sus muchas lecturas.

El 17 de agosto de 1850 fallece José Francisco de San Martín, un hombre de grandes epopeyas, sin duda, pero también, de silencio y soledades, un quijote de sueños y utopías, un hombre que supo leer y leyó bien.
 
(1) Hay libros en custodia en el Museo Histórico Nacional y en el de Luján.
Scroll hacia arriba
error: Content is protected !!